Robert Silverberg

El hijo del hombre

Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán sacudidas.

Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria.

Mateo, 24, 29-30.

No aborrezcas la blasfemia: será aceptada como ingenio.

BYRON, English Bards and Scotch Reviewers.

Sabemos lo que somos, pero no lo que seremos.

Hamlet, acto IV, escena V.

Para Bill Rotsler y Paul Turner, viajeros amigos.

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Se despierta. Bajo su cuerpo, la negra tierra está fría y húmeda. Él yace de espaldas en un campo de hierba escarlata; una suave ráfaga de viento llega, revuelve las briznas y la hierba se funde en un torrente de sangre. El cielo tiene un azul metálico, un color intensamente transparente que por un momento levanta un desesperado clamor en la cabeza de él. Encuentra el sol: bajo, mayor que lo que debería ser, con cierto aspecto de palidez y vulnerabilidad, quizás aplastado por arriba y por abajo. Perlinas nieblas se elevan del suelo y remolinean hacia el sol, formando torbellinos de encajes azules, verdes y rojos al subir. Una almohada de silencio comprime el cuerpo. Él se siente perdido. No ve una sola ciudad, ninguna cicatriz de la presencia del hombre en parte alguna de la pradera, en las montañas, más allá del valle. Él se levanta poco a poco y se queda mirando al sol.

Su cuerpo está desnudo.



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