Lo toca, descubre la piel. Con sosegada curiosidad examina su mano, extendida por debajo del mentón, apretada a la oscura maraña velluda de su pecho. Qué extraños son los dedos: arrugados en las articulaciones, con suaves brotes de pelo en las partes lisas, dos nudillos ligeramente despellejados, uñas que precisan recorte… Él tiene la sensación de no haber visto nunca su mano. Deja que ésta se deslice poco a poco hacia abajo, se detiene para tamborilear con las yemas en el tambor de duro músculo de su vientre y luego examina las tenues arrugas de la línea de su apendectomía. La mano sigue descendiendo y él descubre los genitales. Asombrado, ahueca la mano en torno a los testículos, los levanta un poco, quizá sopesándolos. Se toca el pene, primero la piel, luego el borde de blanda carne rosada de la punta, después la misma punta. Es extraño disponer de un dispositivo tan complejo unido al cuerpo. Él observa sus piernas. Tiene una extensa magulladura, púrpura y amarilla, en el muslo izquierdo. Crece pelo en sus empeines. Los dedos de sus pies le son desconocidos. Los agita. Los hunde en la tierra. Flexiona las rodillas. Sube y baja los hombros. Separa mucho los pies. Hace aguas. Mira directamente al sol, y se asombra del mucho tiempo que transcurre hasta que vibran sus ojos. Cuando desvía la mirada, ve el sol detrás de sus globos oculares, engastado en la parte delantera de su cerebro, y se siente menos solo por tenerlo allí.

—¡Hola! —grita—. ¡Hey! ¡Vosotros! ¡Yo! ¡Nosotros! ¿Quién? ¿Dónde está Wichita? ¿Dónde está Toronto? ¿Dónde está Dubuque? ¿Dónde está Syosset? ¿Dónde está São Paulo? ¿Dónde está La Jolla? ¿Dónde está Bridgeport? ¿Dónde está McMurdo Sound? ¿Dónde está Ellenville? ¿Dónde está Mankato? ¿Dónde está Morpeth? ¿Dónde está Georgetown? ¿Dónde está Saint Louis? ¿Dónde está Mobile? ¿Dónde está Walla Walla? ¿Dónde está Galveston? ¿Dónde está Brooklyn? ¿Dónde está Copenhague?

—¿Hola? ¿Hey? ¿Vosotros? ¿Yo? ¿Nosotros? ¡Quién!



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