
A su izquierda hay cinco redondeadas montañas cubiertas de vegetación de color negro lustroso. A la derecha el campo de hierba escarlata se expande formando una sofocante llanura que fluye como un torrente hacia lo lejos. Delante de él el suelo desciende con suavidad y conforma un valle que es algo más que un barranco pero algo menos que un cañón. El no reconoce ningún árbol. Las formas son extrañas; hay muchos troncos hinchados, de sucio color marrón, sin ramas, rechonchos. De esos troncos penden cascadas de carnosas hojas, igual que guirnaldas de relucientes cuentas blancas y amarillas. Detrás de él, asfixiados por largas e inexplicables sombras, hay un laberinto de informes montecillos y hoyos en los que crecen frondosas plantas del color de la arena con tallos leñosos.
Él avanza hacia el valle.
Ahora ve el primer indicio de vida animal. En un árbol bajo y grueso asusta a un extraño pájaro que se lanza al aire, revolotea, retrocede, describe círculos más calmados para examinar al intruso.
Él y el animal se contemplan. El pájaro tiene el tamaño de un halcón, cuerpo oscuro, aspecto enojado y severo, fríos ojos verdes, finos labios muy apretados. Sus alas, de ígneo tinte, son nervudas y diáfanas y de la parte trasera de su cuerpo pende una tenue cola en docena de relucientes proyectiles verdes que caen diestramente formando una figura geométrica alrededor del hombre. Éste, receloso, se agacha para tocar el proyectil más próximo. La bolita chisporrotea, él oye el siseo. Pero al acercar un dedo no percibe textura ni calor. El la aparta de un golpe. El pájaro grazna.
—Soy de Hanmer —dice el ave.
—¿Por qué eres hostil? ¿Qué daño te he hecho yo?
—No soy hostil. No acepto responsabilidades. No hago reproches.
—Me has bombardeado.
—Eso ha establecido una relación —dice el pájaro, y se aleja volando—. Soy de Hanmer —repite desde lejos.
Él observa a la criatura hasta que ésta desaparece.
