El sol avanza poco a poco hacia las montañas. El cielo parece bruñido y barnizado en este momento. La lengua del hombre se asemeja al papel. Él continúa hacia el valle. Ve un riachuelo que corre por el valle, agua verde, una superficie pulimentada que refleja el sol, temblorosos arbustos que brotan en la orilla. Él se acerca al riachuelo, pensando que la brusca sensación del agua en su piel le despertará, porque ya está harto de este sueño, un sueño que ha adoptado un tono repulsivo e ilógico.

Se arrodilla junto al riachuelo. Las aguas son inesperadamente profundas. En las veloces y cristalinas profundidades se ven peces, barridos tempestuosamente, impulsados por una corriente irresistible. Son criaturas alargadas, con ojazos tristes y añorantes, dentudas bocas muy pronunciadas, aletas tersas y aplanadas. Víctimas. Él les sonríe. Con mucho cuidado, mete el brazo izquierdo hasta el codo en la corriente. El momento de contacto es eléctrico y sorprendente. Él retira el brazo, se tapa la cara con las manos y solloza, porque un incontrolable torrente de violenta tristeza atraviesa su ser. Se duele del hombre y de todas sus obras. En su mente se agita una imagen del mundo humano de llamativa complejidad: edificios y vehículos, calles, tiendas, jardines, charcos de grasa, periódicos estrujados, centelleantes letreros luminosos. Ve hombres y mujeres con ajustadas vestimentas, apretado calzado y tejidos que constriñen senos y entrepiernas. Ese mundo se ha perdido y él lo lamenta. Oye rugidos de cohetes y chirridos de frenos. Oye la vibración de la música. Admira el resplandor del sol en elevadas ventanas. Llora. Frías lágrimas punzan sus mejillas y cosquillean en sus labios. ¿Han desaparecido las viejas ciudades? ¿Amigos y familiares? ¿Tensión y apremios? ¿Campanas de catedral, la rojez del vino en la lengua, velas, relojes de bolsillo, gatos, cactos? Tras un leve suspiro de derrota, él cae hacia delante y se deja llevar por el arroyo. Avanza rápidamente impulsado por la corriente.



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