
Se arrodilla junto al riachuelo. Las aguas son inesperadamente profundas. En las veloces y cristalinas profundidades se ven peces, barridos tempestuosamente, impulsados por una corriente irresistible. Son criaturas alargadas, con ojazos tristes y añorantes, dentudas bocas muy pronunciadas, aletas tersas y aplanadas. Víctimas. Él les sonríe. Con mucho cuidado, mete el brazo izquierdo hasta el codo en la corriente. El momento de contacto es eléctrico y sorprendente. Él retira el brazo, se tapa la cara con las manos y solloza, porque un incontrolable torrente de violenta tristeza atraviesa su ser. Se duele del hombre y de todas sus obras. En su mente se agita una imagen del mundo humano de llamativa complejidad: edificios y vehículos, calles, tiendas, jardines, charcos de grasa, periódicos estrujados, centelleantes letreros luminosos. Ve hombres y mujeres con ajustadas vestimentas, apretado calzado y tejidos que constriñen senos y entrepiernas. Ese mundo se ha perdido y él lo lamenta. Oye rugidos de cohetes y chirridos de frenos. Oye la vibración de la música. Admira el resplandor del sol en elevadas ventanas. Llora. Frías lágrimas punzan sus mejillas y cosquillean en sus labios. ¿Han desaparecido las viejas ciudades? ¿Amigos y familiares? ¿Tensión y apremios? ¿Campanas de catedral, la rojez del vino en la lengua, velas, relojes de bolsillo, gatos, cactos? Tras un leve suspiro de derrota, él cae hacia delante y se deja llevar por el arroyo. Avanza rápidamente impulsado por la corriente.
