
Durante algunos instantes se niega a ofrecer resistencia. Luego, apresuradamente, extiende el cuerpo y se agarra a una piedra sumergida. Aferrado a ella, se hunde hasta que su cara reposa sobre el guijoso fondo del arroyo, y permanece suspendido allí durante un largo momento, para aclimatarse al alterado ambiente. Cuando finalmente se agota el aire, él se lanza hacia la superficie y se arrastra hacia la orilla. Yace de bruces un rato. Se levanta. Se toca.
Las hormigueantes aguas le han cambiado un poco. El vello de su cuerpo ha desaparecido y tiene la piel lisa, blanca y nueva, como el pellejo de un ballenato. Su muslo izquierdo ya no está magullado.
Sus nudillos están perfectamente. Le es imposible encontrar la cicatriz de la apendectomía. Su pene le parece extraño, y tras un momento de contemplación advierte con espanto que ya no está circuncidado. Rápidamente hunde el pulgar en su ombligo; aún está allí. Se echa a reír. En ese momento nota que la noche ha llegado mientras él estaba en el agua. El último limbo del sol desaparece y, al instante, la oscuridad se extiende por el cielo. No hay luna. Las estrellas surgen de repente, anunciándose con agudos, punzantes tonos: yo soy azul, yo soy roja, yo soy dorada, yo soy blanca… ¿Dónde está Orión? ¿Dónde está la Osa? ¿Dónde está Capricornio?
Los arbustos del valle emiten un resplandor burdo, correoso. El suelo se agita, tiembla y se agrieta en la superficie. En mil minúsculos cráteres se deslizan reptantes criaturas nocturnas, largas, líquidas y plateadas, que salen de ocultos escondrijos y se escurren amistosamente hacia el prado. Se separan al llegar cerca del hombre, dejándole como una isla en medio de las relucientes miríadas de animales. Él oye raros sonidos, vellosos susurros, pero no capta significado alguno.
Hay un agitar de plumas y descienden dos criaturas voladoras, distintas a la primera; tienen cuerpos negros y gruesos, abolsados, cubiertos por penachos de áspero pelaje y alas en un esternón sobresaliente y nudoso. Son tan grandes como ocas. Persiguen metódicamente a los reptiles nocturnos, los succionan con sus picos flexibles y rugosos y los excretan en seguida, al parecer ilesos. Su apetito es insaciable. Él retrocede, ofendido, cuando las criaturas voladoras le lanzan una avinagrada mirada.
