
Algo voluminoso y oscuro chapalea en la corriente y desaparece antes de que él pueda verlo bien. Del cielo llegan estridentes risas. El aroma de elegantes y cremosas flores flota en el arroyo, se descompone en salobridad y se va. El aire está enfriándose. Él se acurruca. Cae una llovizna. Él estudia las enfadosas constelaciones y le parecen totalmente extrañas. A lo lejos, una música se despliega en la noche. Los tonos aumentan y decrecen y vuelven a aumentar con suave y temblorosa vibración, y él nota que puede manipularlos y formar melodías a su gusto: esculpe un encantador toque de cuerno, una endecha, un minueto. Unos animalillos acechan cerca. ¿Han perecido los sapos? ¿Se han extinguido los ratones? ¿Dónde están los lémures? ¿Y los topos? Sin embargo, él sabe que puede llegar a querer a esas nuevas bestias. La ilimitada fertilidad de la evolución, que se revela ante él en brillantes estallidos de abundancia, le hace sentirse gozoso, y él convierte la música en un himno de alabanza. Sea lo que sea, es bueno. Con la plasticidad de los tonos en bruto manufactura los tambores y trompetas de un Te Deum. Sobre este fondo, en un repentino y débil contrapunto, surgen sordos pasos, y él ya no está solo, porque tres grandes criaturas aparecen y se acercan. El sueño es sombrío ahora. ¿De qué seres se trata, tan bestiales, tan hediondos, tan malévolos? Erectos, bípedos, pies grandes y aplastados, enormes e hirsutas nalgas, abombadas panzas, descomunales pechos. Más altos que él. El hedor del declive los precede. Crueles caras, y no obstante casi humanas, resplandecientes ojos, ganchudas narices, bocas amplias y viscosas, pequeñas barbas grisáceas llenas de barro.
