Arrastran los pies con torpeza, con las rodillas flexionadas, el cuerpo echado hacia delante a la altura de la cintura, colosales machos cabríos erectos que imitan libremente al hombre. En cualquier sitio que pisan brotan al momento cerdosas cizañas que despiden olor a pescado. Su piel es blanca como el papel y está arrugada, colgando sueltamente de potentes músculos y gruesa carne; copetudas ampollas sobresalen en todas partes de sus cuerpos. En su torpe caminar inclinan la cabeza, resoplan, resuellan e intercambian confusos comentarios musitados. No le prestan atención alguna. Él los ve pasar cerca. ¿Qué son esos deprimentes seres? Él teme que sean la raza suprema de la época, la especie dominante, los sucesores del hombre, incluso quizá los descendientes del hombre, y la idea le estruja y le tritura tanto que cae al suelo, dando vueltas y más vueltas de agonía, aplastando a los relucientes reptiles nocturnos que siguen avanzando en torrente. Él martillea la tierra con sus palmas. Aferra las malignas hierbas que acaban de brotar y las arranca del suelo. Aprieta su cabeza contra una lisa roca. Vomita, sin arrojar nada. Estrecha sus costados con las manos, aterrorizado. ¿Acaso esos seres han heredado el mundo? Él imagina una congregación de tales criaturas, arrodilladas sobre sus excrementos. Los ve gruñendo junto al Taj Mahal en una noche de luna llena. Los ve trepando por las Pirámides, escupiendo sobre los cuadros de Rafael y el Veronés, fracturando a Mozart con sus bufidos y eructos. El solloza. Muerde la tierra. Suplica que llegue la mañana. Angustiado, su sexo se endurece, y él lo coge y, entre jadeos, vierte su semilla. Queda tendido de espaldas y busca la luna, pero todavía no ha salido, y las estrellas son desconocidas. Vuelve la música. Él ha perdido la facultad de darle forma. Oye el resonar y el estruendo de varas metálicas y el chillido de membranas en tensión. Desesperada, tétricamente, él canta para no oír esos sonidos, lanza gritos en la oscuridad, oculta el estridente ruido con un laminado de ordenado sonido y de este modo pasa la noche, en vela, desasosegado.



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