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Franjas de luz que llega manchan el cielo. La oscuridad es derrotada por tonos rosas, grises y azules. Él se despereza y saluda a la mañana, sintiéndose hambriento y sediento. Se acerca al río, se agacha, se moja la cara con agua fría, se frota ojos y dientes y, avergonzado, limpia el seco y pegajoso esperma de sus muslos. Luego engulle agua hasta que desaparece su sed. ¿Comida? Mete un brazo en el río y, con una habilidad que le asombra, coge un agitado pez. Los lisos costados del animal son de color azul oscuro, con filamentos rojos cuyo interior vibra claramente. ¿Crudo? Bien, sí, ¿cómo, si no? Pero al menos que no esté vivo. Él le aplastará la cabeza contra una roca.
—No, por favor. No hagas eso —dice una suave voz.
Él está dispuesto a creer que el pez suplica clemencia. Pero una purpúrea sombra cae sobre él; no está solo. Al volverse ve una silueta delgada y sutil. La fuente de la voz.
—Soy Hanmer —dice el recién llegado—. El pez… por favor, échalo al agua. No es necesario.
Una amable sonrisa. ¿Es una sonrisa? ¿Son unos labios? Él cree que es mejor obedecer a Hanmer. Lanza el pez al agua. Con un burlón latigazo de la cola, el animal se aleja rápidamente. Él vuelve a mirar a Hanmer y le dice:
—No quería comérmelo. Pero tengo mucha hambre y estoy perdido.
—Dame tu hambre —dice Hanmer.
Hanmer no es humano, aunque el parentesco es evidente. Es tan corpulento como un muchacho alto, y su cuerpo, pese a su delgadez, no parece frágil. Su cabeza es grande pero su cuello es fuerte y la espalda es amplia. En ninguna parte de su cuerpo hay pelo. La piel es de color verde dorado y tiene el rasgo inconsútil y duradero del plástico flexible.
