
Sus ojos son globos escarlatas detrás de párpados ágiles y transparentes. Su nariz es un mero reborde; las ventanas nasales son cerradas rendijas; su boca es un corte horizontal con finos labios que no se abren lo suficiente para dejar ver el interior. Tiene muchísimos dedos en las manos y no muchos en los pies. Brazos y piernas están articulados en codos y rodillas, pero las articulaciones parecen ser universales, confiriéndole inmensa libertad de movimiento. El sexo de Hanmer es un enigma. Hay algo en su porte que parece irrefutablemente masculino, y carece de senos y otras características femeninas visibles. Pero donde debería estar el miembro masculino sólo hay un curioso pliegue vertical que se dobla hacia adentro, vagamente como la ranura vaginal aunque no del todo comparable. Debajo, en lugar de dos colgantes testículos hay un solo bulto pequeño, firme y redondeado, quizá equivalente al escroto, como si el objetivo de la evolución hubiera seguido siendo mantener las gónadas fuera de la cavidad del cuerpo pero con el diseño de un recipiente más eficaz. Poca duda cabe de que los antepasados de Hanmer, en cierta época remota, fueron hombres. Pero ¿también puede llamársele hombre a él? Hijo del hombre, quizás.
—Ven conmigo —dice Hanmer. Extiende las manos. Hay delicadas membranas entre los dedos—. ¿Cómo te llamas, extranjero?
Es preciso pensar un momento.
—Yo era Clay —dice a Hanmer.
El sonido de su nombre cae al suelo y rebota. Clay. Clay. Yo era Clay. Clay era yo cuando yo era Clay. Hanmer parece complacido.
—Ven, pues, Clay —dice apaciblemente—. Yo cogeré tu hambre.
Dubitativo, Clay da sus manos a Hanmer. Nota que se acerca al otro ser. Los cuerpos se tocan. Clay siente agujas en los ojos y un fluido negro que entra a chorros en sus venas. Percibe violentamente el laberinto de tubos rojos en su estómago. Puede oír el latido de sus glándulas. Al cabo de un momento Hanmer le suelta y Clay ha perdido totalmente el apetito. Le resulta incomprensible haber pensado en devorar a un pez hace sólo unos instantes. Hanmer se echa a reír.