—¿Mejor ahora?

—Mejor. Mucho mejor.

Con un dedo del pie, Hanmer traza una rápida línea en el suelo. La tierra se abre como una cremallera y Hanmer saca un tubérculo gris, abultado y pesado. Se lo lleva a los labios y lo succiona un instante. Luego lo tiende a Clay, que se lo queda mirando, incierto. ¿Se trata de una prueba?

—Come —dice Hanmer—. Está permitido.

Aunque el hambre ha desaparecido, Clay chupa el tubérculo. Varias gotas de un arenoso jugo entran en su boca. Al instante, brotan llamas en su cráneo y su alma languidece. Hanmer se lanza hacia delante y agarra a Clay antes de que caiga. Le abraza de nuevo; Clay nota que los efectos del jugo decrecen bruscamente.

—Perdóname —dice Hanmer—. No me había dado cuenta. Debes de ser terriblemente primitivo.

—¿Qué?

—Uno de los primeros, supongo. Atrapado en el flujo del tiempo como los demás. Te amamos. Te damos la bienvenida. ¿Parecemos espantosamente extraños? ¿Te sientes solo? ¿Estás apenado? ¿Querrás enseñarnos cosas? ¿Te dedicarás a nosotros? ¿Nos deleitarás?

—¿Qué mundo es este?

—El mundo. Nuestro mundo.

—¿Mi mundo?

—Lo fue. Puede serlo.

—¿Qué época es esta?

—Una buena época.

—¿He muerto?

—La muerte ha muerto. —Hanmer contiene la risa.

—¿Cómo he llegado aquí?

—Atrapado en el flujo del tiempo como los demás.

—¿Arrastrado a mi futuro? ¿Hasta qué punto del futuro?

—¿Es importante eso? —pregunta Hanmer, con aire de aburrimiento—. Vamos, Clay, desvanécete conmigo y comencemos nuestros viajes.

Hanmer trata de coger la mano de Clay una vez más. Clay retrocede.

—Aguarda —murmura. La mañana se ha hecho ya muy brillante. El cielo vuelve a tener su penoso color azul; el sol es un gong. Clay se estremece. Acerca su cara a la de Hanmer y le dice—: ¿Hay otros como yo por aquí?



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