
—No.
—¿Eres humano?
—Naturalmente.
—¿Pero cambiado por el tiempo?
—Oh, no —dice Hanmer—. Tú estás cambiado por el tiempo. Yo vivo aquí. Tú nos visitas.
—Hablo de evolución.
Hanmer se enfurruña.
—¿Podemos desvanecernos ya? Tenemos que ver tantas cosas…
Clay arranca un manojo de los hierbajos de la noche pasada.
—Al menos háblame de esto. Llegaron tres criaturas y estas hierbas crecieron donde…
—Sí.
—¿Qué eran? ¿Visitantes de otro planeta?
—Humanos —dice suspirando Hanmer.
—¿También esos? ¿Formas distintas?
—Antes que nosotros. Después de ti. Atrapados en el flujo temporal, todos.
—¿Cómo es posible que nosotros hayamos evolucionado hasta ser ellos? Ni siquiera en mil millones de años habría cambiado tanto la humanidad. Y además, ¿para volver a cambiar luego? Tú te pareces más a mí que ellos. ¿Cuál es la pauta? ¿Cuál es el recorrido? ¡Hanmer, no consigo entenderlo!
—Aguarda a ver a los otros —dice Hanmer, y empieza a desvanecerse.
Una fina nube gris brota de su piel y le envuelve, y en el interior Hanmer va haciéndose nebuloso, desaparece plácidamente. Brillantes chispas anaranjadas saltan en la nube. Hanmer, aún visible, refleja éxtasis. Clay logra ver un rígido tubo carnoso que sale del pliegue de la entrepierna de Hanmer: sí, él es varón, a pesar de todo, y muestra su sexo en este momento de placer.
—¡Has dicho que me llevarías contigo! —grita Clay.
Hanmer asiente y sonríe. La estructura interna de su cuerpo aparece con claridad, una red de nervios y venas, iluminada por un extraño fuego interno, reluciente, roja, verde y amarilla. La nube se extiende y, de repente, Clay se halla también dentro de ella. Se produce un suave silbido: sus tejidos y fibras, que se evaporan.
