
—¡Sí! ¡Lo aceptas!
Clay lo acepta.
Clay prueba su cuerpo. Hace que despida rayos fluorescentes y ve sombras violetas que danzan bajo él. Crea aceradas costillas y una columna vertebral de marfil. Teje un nuevo sistema nervioso a partir de pelusas de vacío. Inventa un órgano sensible a colores que supera el ultravioleta y, muy contento, derriba el extremo oscuro del espectro. Se transforma en un enorme órgano sexual y viola a la estratosfera, dejando estelas de luminoso semen. Y Hanmer, siempre junto a Clay, exclama, «¡Sí!», y «¡Sí!» y otra vez «¡Sí!». Clay abarca ya varios continentes. Acelera, busca su terminación y, tras breve esfuerzo, lo encuentra y lo une a sí mismo, de tal modo que se convierte en una nebulosa serpiente que abraza el mundo.
—¿Lo ves? —grita Hanmer—. ¡Es tu mundo! ¿Verdad? ¡El planeta familiar!
Pero Clay no está seguro. Los continentes se han alterado. Ve lo que supone que deben ser las Américas, pero han sufrido cambios, porque la punta del sur ha desaparecido, igual que el istmo de Panamá, y al oeste de lo que debería ser Chile hay una enorme extensión cancerosa, quizá la Antártida desplazada. El océano anega ambos polos. Las costas son nuevas. Clay no localiza Europa. Un tremendo mar interior disimula lo que, sospecha Clay, es Asia; un destello de sol se refleja en el agua, transformándola en un gigantesco ojo burlón.
